martes, 4 de septiembre de 2007

Tequila, regalo de los dioses. ¡VIVA MÉXICO!

Ya lo dice la canción: prepara sal y limón. Y es que el tequila es una de las bebidas alcohólicas más abrasivas que existen, junto con el vodka. Orgullo de su nación, México, de sus orígenes divinos pasó a convertirse en el licor favorito de la clase alta de Hollywood. Para conocer todos los mitos y secretos en torno al tequila, hay hasta un tren que recorre las zonas del estado de Jalisco donde crece la planta del agave azul.

Una pizca de sal en la boca y, luego, limón. Eso, si quiere evitar el efecto abrasivo de la bebida alcohólica estrella de México. Desde que los indígenas de Jalisco lo descubrieron hace más de 500 años, el tequila ha pasado de ser el manjar de los dioses y sacerdotes aztecas a transformarse en un ingrediente fundamental de cócteles de moda como la margarita, el más demandado por las estrellas del cine norteamericano de los años 50.

El licor destilado que da sabor a México procede del jugo de una planta llamada agave azul que crece principalmente en el Estado de Jalisco y, en concreto, en la región que le da nombre: Tequila. Los mexicanos han tratado de mantener como propio su producto con denominación de origen, y parece que lo han conseguido con éxito, porque para poder llamar a una bebida tequila es necesario que se haya elaborado en México y que contenga, por lo menos, un 51% de agave.

REGALO DE LOS DIOSES

Los orígenes del tequila se remontan más de 500 años en el tiempo. Cuenta la leyenda que un grupo de indígenas de Jalisco caminaba por el campo cuando les sorprendió una tormenta. Se refugiaron en una cueva y, mientras, un rayo cayó sobre una de las plantas de la zona. Al salir de su escondrijo, un aroma muy agradable les condujo hasta lo que era un agave quemado. Probaron un trozo y lo encontraron dulce. En seguida creyeron que se trataba de un manjar divino porque alteraba la personalidad.


Con los aztecas el tequila empezó a popularizarse por todo el país. Los sacerdotes lo consumían para festejar las ceremonias religiosas, y hasta el emperador Moctezuma mandó servirlo en un banquete al conquistador español Hernán Cortés, al que confundió con un dios. Justo en el momento de la colonización es cuando se empezó a destilar el tequila para purificarlo y darle un sabor aún más fuerte, tanto que a principios del siglo XIX surgió la idea de suavizarlo con sal y limón.

MANERAS DE TOMARLO

La canción recuerda el infalible método: “si quieres tomar tequila, prepara sal y limón...”. La sal hace aumentar la salivación, lo que ayuda a pasar mejor el abrasante trago de tequila. Luego la acidez del limón actúa para aliviar el escozor de la garganta. Tan bueno resultó el invento que hasta un médico mexicano lo recetó entre sus pacientes para curar una epidemia de gripe que azotó el norte del país en los años 30. Parece ser que por lo menos a él si le había funcionado para librarse de la enfermedad...


De la sal y el limón a la sal, la naranja y el chile en polvo o, lo que es lo mismo, la “sangrita”. Estos nuevos acompañantes, que tiñeron de color rojo el tequila, surgieron el siglo pasado de la mano de la esposa del propietario de un restaurante de Chapala. Al principio los ponía aparte a modo de acompañamiento, y tras la enorme acogida que tuvo entre los clientes, optó por disolverlos en la jarra que contenía el tequila. Ahora la “sangrita” sigue siendo roja pero gracias a otros ingredientes: tomate, picante y limón.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad (...)
(..) En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asen-tósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.